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Cartas de una sombra
 
 
 
 
   
 
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03 de Marzo de 2019
Hoy que te escribo
Frente a aquella pantalla de ordenador, ella se me tornaba distinta. Sentada, junto a la mesa, su perfil resplandeciente era iluminado por la blanquecina luz de los millones de píxeles del monitor. Un rostro, que se me antojaba firmamento cruzado de estrellas fugaces, lágrimas tímidas que surcaban sus mejillas.
Aquellas palabras que me leía, escritas por ella años atrás me recordaban que en escenarios diferentes, nuestras vidas eran campos de batallas casi idénticos. Un lugar tenebroso, salpicado de odios, bombardeados por la envidia y la incomprensión de las personas con las que se ha convivido o relacionado. Un lugar frío, un mundo de depredadores, donde solo habitan los roedores de sentimientos.

Cada día al verla, recuerdo sustancialmente aquellas palabras llenas de pena, acentuadas con el dolor de quien ha perdido media vida en un camino hacia ningún lugar. El día que nos encontramos, no sé si fue un “yo te encontré” o “tú me encontraste”, porque sinceramente pienso que siempre estuvimos ahí, solo que mirábamos para el lado contrario. Nuestras miradas tardaron en encontrarse, pero cuando lo hicieron, sintieron como si llevaran juntas una eternidad.
 
Yo soñaba una mujer, cuando realmente mi subconsciente, jinete de otras vidas vividas, solo me permitía dibujar con mis burdas letras las curvas de tu alma. 
 
Eres la rosa que necesita esta tosca y oxidada armadura de mil batallas. Seré la coraza que proteja el bello girasol de tu corazón, mientras tú el sol que de calor al frío acero de la armadura de mi alma.
 
Cada anochecer seré el ocaso cielo negro en el que se refleje el brillo plateado de la luna, salpicado de los retazos de mis versos, acariciados con tus labios de una madurez encontrada.
 
Me niego a no llamarte Princesa, en cada verso, en cada renglón de mis distraídos escritos. Me niego a que no seas la Princesa de mis historias de papel y de la vida real. Sé que la vida te ha hecho ser tan dura como la armadura que visto, pero mujer, déjate socorrer de vez en cuando; siéntete desfallecida para reanimarte con mi aliento; álzate con las rodillas flexionadas, para que yo pueda sentir que necesitas que te baje hasta las yemas de tus dedos la Luna; acurrúcate entre mis brazos para que mi latir se acompase al son de la más bella sintonía de una nana que te adormezca, mientras me siento el ser más afortunado; mujer, déjate hacer, déjame hacerte la Princesa de mis cuentos sin final; déjame ser de la vela la cera que se derrite mientras contemplo el movimiento hipnotizador de la llama..
 
Hoy que te escribo, lo hago para ser el silencio que rompa tu injusta soledad. Hoy que te escribo, lo hago con la seguridad de que mis versos, mis besos harán de tu silencio el más incómodo compañero. Hoy que te escribo, tu labios silencian mis lágrimas, mecen mi mirar. Hoy que te escribo…
 
 
 

José Antonio Córdoba Fernández

Investigador-Columnista-Escritor


 
 
 
   
 
     
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