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Cartas de una sombra
 
 
 
 
   
 
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04 de Agosto de 2018
Lo que te conté...
José A. Cordoba.-…mientras hacías que dormías.
La noche ya caminaba de puntillas hacia la madrugada cuando sentí entre las suaves y frescas sábanas como su cuerpo se deslizaba, esos primeros momentos donde procuraba no rozarme al pensarme dormido, por la quietud de mi cuerpo, mi pausado respirar y párpados cerrados.
De pronto, toda aquella marea de movimientos se tornaron una mar de aguas calmas, donde la brisa de su respirar rosaba levemente mi nunca, era su respiración huella única de ese furtivo ladrón que se coló entre mis sábanas. Volví a sentirme solo y abandonado entre aquellas telas, suaves y calientes, cuando mi mente guardaba silencio ¡ahí estaba!, su respiración calma, rítmicamente acompasada, mientras en aquel silencio me deleitaba con su respirar, hasta que un susurro tronó:

─ ¿Duermes? ─A la par que unos dedos finos, frágiles y delicados recorrieron suavemente mi espalda, enredándose entre mis pelos, pero su pregunta no encontró respuesta.

            Mientras interrogaba a mi mente y a mi cuerpo por su inexpresividad y silenció, aquel susurro volvió.
─ Quizás sea mejor así, no tengo fuerzas ya para soportar mis lágrimas, y quizás me falten para ver las tuyas aflorar en esos ojos. ─Otra pausa. Mi cuerpo inerte, sentía como ardía al contacto del cuerpo intruso entre aquellas sábanas.
─ ¿Sabes?, he querido amarte y te dejaste, rasgué cada una de tus murallas, hice de tus grises calles caminos de colorido albero, de tus pastos amarillentos verdes prados, y a tu corazón imprimí un nuevo latir. Me sentí feliz de poder pasear por esos caminos, contemplando cada amanecer, cada atardecer. ─Se abrazó aún más fuerte en lo que le fue posible a mí cuerpo.
─ Mira mis ojos, me traicionan por ti, brotan de ellos ríos de salados sentimientos humedeciendo mis calidas mejillas. ─Sentí como en su silencio tomaba la sábana para secarse los ojos.
            En aquel silencio meditaba cada palabra, cada silencio que salieron de aquellos labios que tan pocas veces había besado, quizás escasas para ella, por todo cuando en mí había dejado, por cada sentimiento plantado, por cada sensación regada con la pasión de sus abrazos, irradiados cada amanecer con el brillo de su mirar. ¡Si efectivamente eran escasas las veces que había besado sus labios…
─ ¡Duérmete ya!, pero no sin antes besarme, ¡tonto!. ─Mientras posaba las yemas de sus dedos en mis labios.
            Me giré sobre mí y al abrir los ojos me encontré con los de ella, aquellos grandes ojos brillaban más que de costumbre, no había tristeza o pena en ellos, era como el agua fresca de una fuente, que pedía bebiera de ellos, y eso hice, mis labios la besaron como si fuera la primera vez que los tomaba.
─ Me prometí no amarte.
─ Y yo, no dejarte que lo consiguieras, pero ambos hemos fracasado. ─Y dormimos abrazados.
      

José Antonio Córdoba Fernández

Investigador-Columnista-Escritor
 
 
   
 
     
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