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En memoria de mi tío Manuel Vilaseco
 
 
 
 
 
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23 de Mayo de 2018
 EN MEMORIA
En recuerdo de mi tío,manuel Vilaseco Rodríguez,que Murió en la Guerra Civil
Aquel avión maldito lanzó su última bomba, la guerra acababa de terminar y tú, junto a tus compañeros, bajo la sombra de un árbol, festejabas que aquel horror terminaba por fin. Quizá la alegría era doble, te encontrabas en el bando que había ganado. Aunque con tan sólo 19 años dudo mucho que supieras los motivos de tener que luchar en una guerra entre hermanos. Te tocó ir a ella porque así te reclutaron como a tantos otros jóvenes, cuasi niños, que arrancaron del calor del hogar para ir a las trincheras. Si la Quinta del Biberón, en la zona republicana, fue famosa por su juventud, no menos jóvenes eras tú y cuantos compañeros lucharon a tu lado. Eráis adolescentes que no tuvisteis otra  opción que haceros unos hombres en los campos de batallas. Tu vida se truncó como tantas otras vidas de jóvenes españoles, os obligaron a ir como corderos al matadero. Aquella traicionera bomba cercenó tu vida y tus sueños, los sueños de cualquier chico de tu tiempo.
Quizá el sueño de tener una novia, de casarse, de tener hijos, de ser feliz en la vida, pues a ella venimos con ese único fin. Pero todos aquellos sueños se escaparon de entre tus manos como escapa el agua entre los dedos. Y tu cuerpo destrozado quedó inerte bajo aquel árbol, tus compañeros tuvieron suerte y todos salieron con vida, mas la luz murió en tu mirada. La muerte llegó como una nube de cuervos negros sedientos de sangre.  Maldita guerra y malditos aquellos que la buscan y la promueven, maldita sea mil veces aquella bomba que jamás debió de lanzarse, cuando ya todo había acabado.
 
Una simple caja con tus pocas pertenencias llegó a manos de mi abuela y con  aquella cajita la triste noticia de tu muerte. Tu madre enloqueció al conocer que  habías muerto bajo aquel árbol; el dolor y la rabia le rompieron el corazón, y llorando tu muerte desconsolada, pagó su furia rompiendo todo lo que a su paso encontraba. Hizo añicos cuantos muebles y enseres encontró a su paso. Desde aquel día el negro luto le acompañaría hasta su muerte, ya no era la misma mujer fuerte y temperamental, la luchadora que siempre había sido. Para mayor dolor nunca supo donde descansaba tu cuerpo inerte, dónde habían ido a parar tus restos mortales. No tuvo un lugar donde llevarte flores ni rezarte o, simplemente, visitar tu tumba. Cuando mi abuela murió yo tenía tan sólo 8 años, aún no había hecho mi primera comunión, y con esa edad ni tan siquiera sabía que mi único tío por parte materna, había caído muerto en la guerra civil. Mi madre jamás me trasmitió odio ni resentimiento por la muerte de su único hermano, tampoco a mis dos tías las oír hablar nunca de ello. Todos sabíamos que nuestro tío había muerto en la guerra y que tuvo la mala suerte de morir cuando todo había terminado. Pero poco más nos contó, solamente que murió en algún lugar del frente de Córdoba, y que aún hoy ignoro con certeza. Ahora que ya no está con nosotros me arrepiento por no haberle preguntado más cosas, saber más de lo ocurrido. Por ejemplo, ¿por qué el cuerpo sin vida de mi tío no está enterrado en Sanlúcar? ¿Dónde se supone que descansa sus restos? ¿En una fosa común? ¿Acaso en alguna cuneta o en el mismo lugar donde cayó muerto?
 
 Mi abuela solía contar a mis hermanos alguna vivencia de aquellos trágicos años de la guerra. Como aquel día en que ella socorrió a un hombre herido, que venía huyendo para que no lo mataran. Mi abuela rompió una sábana, le curó y vendó sus heridas, nada más supimos de él, si había conseguido escapar o por el contrario fue hecho prisionero. Con aquella acción humanitaria mi abuela mostró la grandeza que atesoraba; ayudando a una persona desconocida y que podía haberle complicado la vida en el caso que sus perseguidores se hubiesen  enterados, dio una lección de cordura ante toda aquella locura desatada por un bando y por otro.

La guerra civil traumatizó a toda una generación de españoles y produjo heridas en todos los corazones, los de un bando y los de otro. Por eso, cuando han pasado 80 años y vuelve a aflojar los recuerdos, se abren de nuevos heridas y se recurre a la Memoria, me veo en la obligación de rendir homenaje a la memoria de mi tío. Que su nombre no siga olvidado por más tiempo, que también todos y cada uno de los que murieron en el bando nacional, en el que les tocó luchar tengan un merecido reconocimiento, porque en una guerra civil no hay buenos ni malos.

Soy consciente de que todos los sanluqueños, más de un centenar, que perdieron su vida en el bando llamado nacional, no contará con ninguna asociación que se preocupen de su memoria. No tendrán derecho a que sus nombres queden inmortalizados en ningún monumento, ni que su memoria también sea del conocimiento de los sanluqueños. Es triste que todos ellos perdieran sus vidas en una estúpida guerra, que le arrebataran la juventud y los sueños, pero más triste es que los que estamos en este mundo le hayamos negado también el recuerdo y la memoria.
Con este artículo saldo la deuda que mi conciencia tenía para con mi abuelo, mi abuela y mi madre, que estoy seguro que están ahora junto a él.
 
                                                                 Enrique Romero Vilaseco
 
 
 
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