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08 de Abril de 2018
¿Por qué, recordar?
Sigo sin comprender la pauta humana. Intento reponerme, ser fuerte. Guardar apariencias que para nada ayudan, rosando la hipocresía del ser.
No consigo desprenderme de esta loza que oprime mi pecho. En ella están cincelados mis fracasos como hijo, como hermano, como amigo y como padre.
¡Por Dios!, que intento no pensar, no sentir. ¿¡No sentir!? ¿Se puede dejar de sentir?, ¡Si!, llevo mi vida obligado a no sentir, a no recordar que antes de este José Antonio, hubo otro al que llamaban Toño. Pero…, no sentir el amor que les profeso, ¿cómo se hace?, ¿cómo aliviarles el poco o mucho sufrir que les he infringido con mi marcha?, ¿cómo alivia un padre el sufrimiento de sus hijos? ¿Cómo se pone uno en paz consigo mismo?

Las lágrimas por ellos son constantes. Quizás no recuerde una fecha; no recuerde el día de su primera palabra; el día de su primer paso; el día de su primer ratoncito Pérez. Pero recuerdo sus miradas, sus expresiones en esos mismos momentos. Sus llantos, recuerdo esas diminutas caritas la primera vez que las vi, esos ojos intentando entender donde estaban. Recuerdo el latir de su corazón sobre mi pecho. Recuerdo como sentía su acompasado respirar o sus encogimientos tras un rato de lloros acurrucados contra mi pecho, entre mis brazos. O cómo en cientos de ocasiones pedía a mi corazón latiera al ritmo del ellos para no despertarles… Recuerdo como formaba con mi brazo un arco sobre ellos para protegerlos mientras dormían. Recuerdos sus besos, sus abrazos. Recuerdo como sus frágiles cuerpos crecían.
 
Pero es ella, la que más siento, no por privilegios o preferencias. Ella desde pequeña, muy zalamera en sus gestos, en sus besos, en sus abrazos… Recuerdo sus poses para una fotografía. Recuerdo la suavidad de su cabello al peinarla. Recuerdo esas mechitas, de la manzanilla su color en su flequillo, a ambos lados de su rostro que me tenían cautivado. Recuerdo la suavidad de su piel entre mis manos mientras la bañaba, con risas, con miradas cómplices…
 
Recuerdo como dormía plácidamente en su cuna, mientras yo al otro lado de la habitación escribía, por ejemplo, mi primer artículo a ella, por título “A mi brujita”. Recuerdo como sus ojitos en silencio me miraban, como quien observa la inmensidad del Universo.
Recuerdo sus risas, sus llantos, sus berrinches, sus “Pepe”, sus “papá”…
 
Recuerdo que hubo un tiempo en el que me sentí el hombre más dichoso de este Universo. Recuerdo que en mis momentos de bajón estos sentimientos pese a ser encontrados me mantienen a flote, porque pese a ser hombre; pese a ser padre; pese a no haberlos parido, les siento como parte de mi, como cuando pierdes una extremidad y el resto de tu cuerpo y mente luchan por mantenerlas viva, como si aún estuvieran ahí.
¡Recuerdo…!

Porque en estos tiempos donde parece que un padre, por no poder pagar una manutención, tiene perdido cualquier derecho sobre sus hijos, está a la orden día. Condenado a muerte en vida, o en el mejor de los casos caminado en vida hacia la muerte.

José Antonio Córdoba Fernández

Investigador-Columnista-Escritor

 
 
 
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