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09 de Abril de 2017
La mirada de los viajeros románticos (III)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-La Europa del XIX, como venimos viendo en los anteriores capítulos de esta pequeña serie en la que nos estamos aproximando a los viajeros románticos que pasaron por estas tierras en el Ochocientos dejando una impronta literaria sobre las mismas, es un espacio en ebullición cultural, económica, social, política, un continente en transformación que viviría potentes y profundos cambios a todos los niveles, especialmente en su ámbito occidental.
Una de las características de este mundo inquieto sería la necesidad de conocer y dar a conocer que las élites europeas supieron canalizar hacia los viajes y la literatura de viajes, una forma de dar a conocer las experiencias privadas y reflejarlas en unos contextos públicos, el de la ya mencionada literatura de viajes que ponía al alcance de un público mayor la experiencia del viaje que, materialmente, estaba lejos del alcance (económico, por ejemplo) de muchos de los lectores de este género literario tan en boga, que permitía acercar destinos distantes, lejanos, exóticos y en cualquier caso, brillantes y atractivos, hasta unos lectores curiosos pero quizá en buena medida privados de las posibilidades económicas que les harían posible conocer de primera mano lo que los artículos y los libros de viajes les permitían conocer a través de las experiencias de otros.

Traíamos a colación en el anterior artículo el libro de Manuel Bernal titulado “La Andalucía de los Libros de Viajes del siglo XIX”, publicado por la Biblioteca de Cultura Andaluza (en Barcelona, en 1985), en el que el editor del volumen recoge, sin pretensiones de exhaustividad, diversos testimonios procedentes de varios viajeros europeos (y no sólo europeos) que pasaron por tierras de Andalucía en el siglo XIX dejando constancia de sus experiencias ya en los mismos momentos en los que las vivieron, en el Ochocientos.

Uno de estos viajeros fue el británico Richard Ford quien de hecho estuvo afincado durante varios años en Andalucía, en Sevilla, y quien publicaría sus experiencias en estos paisajes en dos obras publicadas en Inglaterra y tituladas “A Handbook for Travellers in Spain” (“Guía para Viajeros por España”) y “Gatherings from Spain” (“Noticias desde España”, en traducción libre), dos libros publicados ya en los años 40 del siglo XIX, de manera contemporánea a su redacción prácticamente, y que querían (como queda de manifiesto explícitamente en el título del primero de los dos, por ejemplo) presentar una suerte de vademécums, de guías de viaje (“handbook” puede ser traducido por “guía” y por “manual”) tanto para los lectores “de sillón y chimenea” (por así decirlo, esto es, quienes iban a disfrutar de estas narraciones exclusivamente desde sus hogares) como para los hipotéticos viajeros que quisieran desplazarse a estas tierras y pudieran encontrar en las páginas de Ford una verdadera guía de viajes por el Sur de España.

Como veíamos en el precedente artículo, en la página 120 de la edición de Bernal se recoge el testimonio de Ford sobre el actual Parque de Doñana, del que (continuando la lectura donde la dejamos hace unos días) el británico señala que “a la parte Norte está el Coto del Rey o Loma del Grullo. El pabellón de caza de esta reserva real data del siglo pasado” (es decir, el siglo XVIII, pues no olvidemos que Ford escribe en el siglo XIX); esto es, el autor se detiene a considerar la naturaleza del sitio como coto de caza y su vinculación con la Casa ducal de Medina Sidonia (de lo que habló en las líneas inmediatamente precedentes, como veíamos en su día), así como con la Corona.

Sigue diciendo Richard Ford, siempre en relación con el mismo tema, y con el pabellón de caza del coto, que “lo hizo construir Francisco Bruna, alcaide del alcázar de Sevilla, bajo cuya jurisdicción están o estaban estos bosques y arboledas. Los grupos que lleguen con permiso del alcaide se pueden alojar en el Palacio, como se le denomina por aquí, pero ese palacio español, tal como a menudo ocurre en otras partes, viene a ser, en inglés corriente y moliente, ‘cuatro paredes’, cuatro paredes desnudas”, lo que viene a ser una imagen relativamente escueta (por no decir pobre) de este Palacio de Doñana (el de Marismillas) en la época en la que el texto fue redactado.

Tras estas consideraciones Ford se extiende someramente acto seguido ponderando las buenas condiciones del coto para la caza, y señalando asimismo que el viajero avezado que quiera hacer una excursión por dichos parajes deberá proveerse para la misma, pues no habría de encontrar cómo hacerlo una vez llegado a dicho entorno, excepción hecha de la propia caza y del combustible (es de entender que el británico se refiere a la madera en este caso).

Otro de los autores románticos considerados en las páginas del volumen de Bernal, y que hace referencia a nuestro entorno en su obra, es el francés Alexandre Louis Joseph de Laborde (1773-1842), quien entre otras obras escribiría su “Itinéraire descriptif de l’Espagne, et tableau élémentaire des différents branches de l’administration et de l’industrie de ce royaume”, cuya segunda edición (la empleada por Bernal en su epítome) sería publicada en París en 1809.

Así, y en relación con la obra del cosmopolita Laborde (quien vivió en Francia, España, Austria e Italia, viajando asimismo por Inglaterra y Holanda), Bernal (en su página 49) señala que el francés informa de la existencia en Sanlúcar de Barrameda de una fábrica de “cueros, pieles y correajes”, así como de una manufactura de telas de seda, en lo que se refiere a las industrias productivas existentes en nuestra ciudad a caballo entre los siglos XVIII y XIX.

Igualmente, y tratando asimismo sobre las industrias existentes en Andalucía, Laborde recoge (lo que refleja Bernal en su página 50) la existencia asimismo en Sanlúcar de Barrameda, y en la misma época que venimos considerando, de una manufactura (una fábrica) de sombreros, la tercera de las instalaciones fabriles mencionadas por este autor francés al tratar en sus párrafos sobre Sanlúcar de Barrameda.

Finalmente traeremos a colación aquí la mención que hace otro viajero, Jean Charles Davilliers (1823-1883) de la manzanilla en su obra “L’Espagne” (que viera la luz en París, en 1874), una cita que Bernal refleja en la página 184 de su libro, y en la que el dicho Davilliers recoge la noticia de cómo bebió manzanilla, en Triana, en el transcurso de una juerga flamenca, en un breve relato de corte costumbrista que realiza el referido autor galo sobre el cante, el baile y la juerga en la Sevilla de la segunda mitad del XIX.

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