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02 de Abril de 2017
La mirada de los viajeros románticos (II)
Manuel Jesús Parodi Álvarez..-La semana pasada hablábamos de los viajeros románticos decimonónicos, de cómo estos personajes (generalmente anglosajones, franceses, pero también norteamericanos, germanos y escandinavos) consiguieron desarrollar hasta su máximo esplendor la literatura de viajes en la Europa del siglo XIX relatando en sus textos sus avatares, experiencias y aventuras en unos entornos atractivos para el gran público, ya sea gracias a su pertenencia al Mundo Clásico (Grecia, Roma…) del que la Europa occidental realmente es (y se considera así) heredera, o por su adscripción a un paisaje cultural tan exótico como atractivo para los viajeros (y lectores) occidentales, caso de Turquía, del Próximo Oriente en general, del Norte de África (y en ella especialmente de Egipto) o, llegado el caso e incluso, de España.

España (la Península Ibérica en general y España en particular), que venía a representar la imagen de un país exótico por excelencia en el contexto de la Europa postnapoleónica, un entorno sumamente atractivo para los viajeros románticos, desde (por citar algunos de entre los más conocidos) el británico Richard Ford al norteamericano Washington Irving, o al archiduque austríaco -y luego trágico emperador de México- Maximiliano de Austria, por ejemplo, ya que ofrecía la mezcla justa de exotismo, incerteza y seguridad para los viajeros, al tratarse en fin de cuentas de un país europeo.

Ya hemos considerado en párrafos anteriores (en artículos anteriores, de hecho, hace ya unos años) de esta serie dedicada a la difusión histórica sobre Sanlúcar de Barrameda y su entorno (geográfico, histórico) los testimonios de algunos viajeros decimonónicos que pasaron por Sanlúcar, como sería el caso del marino y archiduque austríaco Maximiliano de Habsburgo (tratamos sobre este particular, por ejemplo, en el artículo titulado “Por tierras de España. El archiduque Maximiliano en Sanlúcar”, publicado en la primera época de esta serie, el ocho de noviembre de 2003, hace más de trece años), quien realizó unas breves descripciones de la fachada litoral de nuestra ciudad fruto de las dos ocasiones en las que, como marino, pasó frente a nuestras playas, y tuvo ocasión de disfrutar, al menos, de la contemplación de la ciudad desde su buque al paso por el río Guadalquivir.

Uno de los estudios clásicos sobre estos viajeros románticos del siglo XIX es el pequeño volumen editado por Manuel Bernal en 1985, el libro titulado “La Andalucía de los Libros de Viajes del siglo XIX”, publicado por la Biblioteca de Cultura Andaluza (en Barcelona, ¿una paradoja para una publicación tal?) en el señalado año, a mediados de los ochenta del pasado siglo XX.

En sus páginas, el referido Manuel Bernal recoge diferentes testimonios de viajes por Andalucía proporcionados por diversos viajeros decimonónicos (unos más conocidos por el gran público, otros menos, lo cual es inevitable) como A. Slidell, Washington Irving, Richard Ford, G. Borrow, Théofile Gautier, Antoine de Latour, J.-Ch. Davillier, J.C. Hare o el escritor italiano, también romántico, Edmundo D’Amicis, algunos de los cuales dejaron siquiera una somera impronta sobre Sanlúcar de Barrameda, mencionada de forma directa o indirecta en sus párrafos.

El británico Richard Ford (1798-1858), oxoniense, viviría varios años en Andalucía, en concreto en la ciudad de Sevilla, siéndole posible conocer así de primera mano el contexto andaluz sobre el que tanto escribiera, dando su pluma forma a algunas de las imágenes literarias más brillantes y poderosas de la Andalucía romántica, de la Andalucía del Ochocientos, de la Andalucía romántica.

Su obra más conocida, en la que plasmaría buena parte de sus impresiones y experiencias en nuestra tierra sería su libro titulado “A Handbook for Travellers in Spain”, que se publicaría en primera instancia en Londres ya en fecha tan temprana como el año 1845 (de manera inmediata, o casi, a su redacción), un trabajo que conocería dos reimpresiones muy cercanas entre sí, una en el año 1847 y la siguiente en 1855, igualmente en lengua inglesa e igualmente en Inglaterra.

Sus apuntes darían lugar asimismo a otro trabajo de su misma autoría también sobre la España que tanto le fascinó, publicado en 1846 (tan sólo un año después de la aparición de la primera edición del antes citado “Handbook”), asimismo en inglés y asimismo en Inglaterra, titulado “Gatherings from Spain”, en el que recogería igualmente diversas impresiones y vivencias de su paso por nuestro país.

En lo que se refiere a Ford, Manuel Bernal (en la página 117 de su libro) muestra cómo el británico habla de “La Marisma”, que es como llama a la costa de la provincia de Huelva que se extiende desde la desembocadura del Guadalquivir, por la orilla derecha del gran río, denominación que Ford aplica, como podemos colegir, al actual Parque de Doñana, mientras en la página anterior de la edición de Bernal se recoge cómo Ford deja constancia de la existencia de barcos de vapor que hacían la singladura del Guadalquivir llegando hasta Sevilla, la mejor vía de comunicación sin duda y el mejor mecanismo para acceder a la capital hispalense.

En la página 119 del libro de Bernal se recoge, hablando de la localidad onubense de Niebla, que en la misma se producía “…mucho vino malo que luego mandan a San Lucar (sic) y lo convierten en buen sherry para el mercado inglés, puro, cuando se importa, a sólo 36 chelines la docena, botellas incluidas”, con lo que quizá trate de reflejar el viajero inglés (y quizá no de la forma más precisa ni ortodoxa) el peso del mercado inglés en la exportación y venta de vinos de esta tierra en el exterior ya en el siglo XIX.

Y, finalmente y por lo que se refiere a los testimonios de Ford recogidos en las páginas de la edición de Bernal que venimos manejando para la redacción de estos párrafos, señalaremos que en la página 120 de la misma se encuentra el testimonio que este viajero inglés ofrece sobre Doñana, al que tilda de “uno de los mejores cotos de caza de Andalucía”, mencionando seguidamente y en relación con este mismo particular sobre Doñana y la caza, que “Marismillas es una excelente reserva”.

Sigue Richard Ford (en los párrafos de esta misma página 120 de M. Bernal) señalando que “el palacio de Doña Ana, derivado de Oñana, era la famosa finca de recreo del Duque de Medina Sidonia, donde recibió a Felipe IV en 1624”, haciendo mención del famoso caso de la visita de Felipe IV a Doñana, en los estados del duque de Medina Sidonia, la capital de los cuales estaba como sabemos en la ciudad de Sanlúcar de Barrameda.

Y en los próximos párrafos continuaremos con el relato de Ford.

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