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Hora y ahora de la religión
 
 
 
 
   
 
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30 de Septiembre de 2015
"... no queda otra que pedir al Estado la progresiva y pacífica prohibición en público de toda manifestación religiosa...."
Daniel Lebrato.-En nuestro civilizado primer mundo la religión iba por la senda del laicismo y de la inserción: monjas y curas vestidos de seglares, papas pidiendo perdón por los abusos intelectuales del pasado. Hasta la pederastia, valga la burrada, es un síntoma de que la Iglesia era humana, humanidad que Pepita Jiménez o La Regenta ya habían puesto en letra. Los mismos movimientos sociales alentaban dentro de la Iglesia, desde la teología de la liberación hasta cristianos por el socialismo. Agnósticos y ateos convivíamos con los creyentes. Fuimos capillitas laicos o antropólogos de andar por casa por el Rocío, la Inmaculada o la devoción a la Virgen del Carmen. Todo era paz y armonía, salvo una espina clavada: la prepotencia de la Iglesia en la vida pública y en la enseñanza, a través de la Ley de Educación que consagraba la privada y la concertada. ¿Qué rompió aquella armonía? El rearme de la religión cuando el Pentágono y servicios de inteligencia aliados tuvieron la ocurrencia de jugar con fuego sagrado, inculcar la fe en Dios en países en vías de emancipación. La historia sucede en los 70 en el interior y en la periferia de la Unión Soviética (Polonia, Irán, Afganistán) y tuvo su expresión en el sindicato Solidaridad, en el papa Juan Pablo II y en la irresistible ascensión de imanes y ayatolas, hasta Al Qaeda deOsama bin Laden, ex agente de la Cía, y hasta el Estado Islámico.

 ¿Qué postura adoptaron mis amigos los católicos tolerantes y de amor al prójimo, los estetas, los poetas, los arqueros finos de los seises de Sevilla, los del gozo de las fiestas de primavera? Callaron o se dijeron: cuando las barbas de los musulmanes veas crecer, pon tus cruces a merecer. Fueron ustedes, los creyentes, mis amigos, quienes dieron crédito al reparto: de Oriente próximo hacia allá, para el Islam, pero Occidente es nuestro. ¿Nuestro? ¡Hasta las Torres Gemelas!, odisea 2001 por la que ustedes quieren pasar de puntillas, como pasaron por Atocha, en 2014. Con todos sus ejércitos y tribunales, ¿qué podía Occidente contra los pilotos suicidas? Absolutamente nada. En vez de mirar de frente esa paradoja espantosa, los católicos rezaron por las víctimas con Wojtyla y Benedicto 16, imitaron el totus tuus de las iglesias protestantes, y, encima, se permitieron preguntarnos a los laicos si estábamos bautizados para salir en su procesión, donde veníamos saliendo sin problema. Se habían vuelto ustedes intolerantes. Lo único que toleraron fue un reparto envenenado de religiones por cuotas en los colegios donde antes era la cristiana sola y verdadera. Por ahí se colaron familias de mujeres tapadas (cuando la tendencia era en España que hasta las monjas se soltaran el pelo) y, con las tapadas, sus varones barbas a quienes la política pelotilleó con alfombras rojas de cultura y civilización. Tremendo. Fueron ustedes, además de temerarios, soberbios. Les tentó el antiguo dominio de la Iglesia, aquel por el que un papa había pedido perdón a Galileo. Así que, al presente, cuando uno de los suyos invoca el amor, la belleza o la poesía para hablar de religión, ahora ya es tarde. Ustedes quizá podrían volver al decoro razonable, a ser las vírgenes prudentes, pero ¿qué hacemos con las vírgenes necias? ¿Qué hacemos con el orgullo barba, con el orgullo burka, con el suicidismo terrorista? No hay manera de viajar a Túnez como viajábamos antes, a Egipto, a Jordania. Las oenegés vuelven del África, porque hay miedo, y lo de Siria cuela, de momento, por la presión de los Estados Unidos, que, si no, de qué, iban a abrir ustedes, Rajoy o Merkel, las puertas de la confortable Europa. ¡Siente un sirio a su mesa por Navidad! Pues siéntenlo, pero entre unos y otros al pensamiento laico le queda corta la separación Iglesia Estado, que parecía tan progresista. Porque la separación garantizaría los protocolos del Estado, no el de las ultras confesiones religiosas. ¿Tienen ustedes o el ministerio de Interior un detector de extremismos religiosos, un escáner del Islam pacífico? Pues entonces, justos por pecadores, no queda otra que pedir al Estado la progresiva y pacífica prohibición en público de toda manifestación religiosa, empezando por las indumentarias personales. Por último, las apariencias no engañan, los hábitos han hecho al monje y nadie de nosotros dejaría hoy con tranquilidad a una hija en el aeropuerto o en el tren a donde un barbas venga a sentarse a su lado con su sonrisa y con su mochila. En eso ha quedado el amor al prójimo.
 
 
   
 
     
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