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La Feria y las fiestas populares
 
 
 
 
   
 
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29 de Abril de 2015
"Sin devociones, sin militares y sin curas"
No hay fiesta que no presuma de sus orígenes ancestrales. Si la fiesta no viene desde el neolítico, de los romanos o del pasado árabe, se acude por lo menos hasta la Edad Media para encontrarle al festejo su leyenda. Por dar caché a sus fiestas, ignoran los cronistas que la civilización es hija de lo abominable y que cualquier tiempo pasado fue peor, pero allá ellos. Sin embargo, y por lo mismo, si la fiesta se empeña en demostrar su pasado, su inmanencia hacia atrás, también tendría que demostrar su proyección hacia el futuro, su, vamos a llamarla, eternidad. El ejercicio mental es muy fácil: imaginar que estamos en el año 2525 (la canción de Zager y Evans) y que esa fiesta se siga celebrando. No sé a ustedes, pero a mí no me sale la humanidad futura matando toros, vistiéndose con antifaces, cargando pasos, quemando fallas, haciendo torres humanas o cortando troncos por cortarlos. 

No me salen el alarde vasco ni las tomatinas ni la fiesta de los jarritos si es que tengo que admitir que el traje me lo moje o me lo manchen. No me sale el Rocío, con todo lo poderoso que es. Me sale Año Nuevo, más que los Reyes Magos, me sale la noche de San Juan para quemar los malos rollos y me salen fiestas tipo la Feria de la Manzanilla, aunque con muchos cambios, todos para mejor. Para empezar, la feria es una reducción de la fiesta a lo esencial: quedar, beber, comer, cantar, bailar, echar el rato. La feria es una fiesta laica y republicana, sin curas que bendigan, sin desfiles militares, sin imágenes ni procesiones y sin esos ritos que incluyen la exhibición de unos sobre otros, el esfuerzo innecesario, el maltrato a animales o el machismo histórico. En la Feria, fiesta equilibrada entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre lo femenino y lo masculino, solo te piden que pagues lo que debes y que sepas comportarte con el entorno (no orinando fuera del tiesto), con el alcohol y con las personas.
 
Se dirá, con razón, que en la Feria hay maltrato animal, en la corrida de toros. Se dirá que hay alarde y hay desfile, en el Paseo de Caballos. Se dirá que hay mucho clasismo, el del señorito, que manda narices. Y mucho vecindoneo, propio de comunidades que trasladan lo peor de ellas a las casetas. Mucho gracioso oficial y mucho malaje. Y se dirá el derroche de una portada de Feria con empeño de horas de trabajo que se podrían dedicar, si la portada fuera una estructura fija, a otra cosa. De acuerdo, en todo. Lo que no se puede negar es que la Feria, por su juventud como fiesta (data de 1972, en sustitución de la Velá de la Divina Pastora organizada desde 1947), no acarrea ritos medievales, aunque esta feria tiene sus raíces, según los historiadores serios, en las “vendejas”, dos, que el rey Sancho IV, concede a la villa en 1295, por razones mercantiles y en base a el asentamiento de los bretones.  En la palabra feria se hace cierto el doble sentido del negocio y el ocio, del beber y del comer con que se cierra la bolsa cuando la bolsa suena. Que a la Feria le queda mucho clasismo parece lógico, habiendo tanto señoritismo frente a tantos hombres y mujeres que, entre cocheros, cocineros, camareros o guardias, hacen el papel de los lacayos, a quienes hay que añadir puesteros, churreros, ambulantes con sus atracciones, con sus puestos de turrón, con sus circos a cuestas. Hay mucha mierda y mucha miseria en la Feria, mucha gitana vendiéndote el clavel, mucho niño del que se abusa, mucho animal maltratado por el animal que lleva encima, mucho pijerío, mucha mendicidad y mucho impresentable. Pero sigue teniendo la Feria un recorrido por delante que otras fiestas no tienen y que es más universal que todas ellas. En parte, porque, aunque es una fiesta nacionalista, es de un nacionalismo inverso al de otras latitudes porque el nacionalismo andaluz, lo andaluz universal, consiste en que Sanlúcar sea Andalucía (como los son Sevilla, Málaga o Jerez) y que Andalucía sea España y la Humanidad. Está usted en su casa, amigo o amiga, aunque usted no sepa bailar, aunque usted no venga vestida de flamenca: lo que aquí ve es la esencia de esa abstracción que llamamos España. A usted, el forastero, únicamente se le pide que venga y que su visita nos deje los cuartos. Da igual su religión o si viene en chanclas. Con tan pocas exigencias, disfrute usted este año 2015 de las casetas públicas o de acceso libre. A cerveza por sitio, a manzanilla o rebujito, tiene usted  barras de bar individuales y compartidas,  espacios de veladores, 90 o más tablaos, algún servicio con sus lavabos, y algún que otro sitio donde descansar y reponer el cuerpo sin que nadie le diga nada. No sé en qué parte del mundo a mí, el bebedor de cerveza, me están esperando tantos bares y tantos grifos de Cruzcampo por metro cuadrado. Sin creencias ni mandamases. Sin aplausos a esto o a aquello. Sin devociones, sin militares y sin curas. Un traje regional que sigue vivo y va cambiando y que lo mismo sirve para una boda que para otra fiesta. Un baile, la sevillana, para todos los días del año. Y lo que haya que arreglar se arreglará cuando se arreglen las clases sociales. La Feria es la única fiesta que mejorará cuando se atenúen las diferencias de clase que otros festejos, en cambio, agudizan. ¿Qué fiesta da más? La Oktoberfest, el Año Nuevo, San Juan y el Carnaval, y las que no se nos hayan pasado por la cabeza. Ustedes dirán.
Daniel Lebrato . Abril 2015
 
 
   
 
     
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